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La Dama de la estafa en el siglo XIX

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Con un perito calígrafo de la época hubiese bastado para desenmascarar a la mayor falsificadora del siglo XIX.

Ya en 1681 Jean Mabillon en su tratado De re Diplomatica acertaba a concretar el tema diciendo que la diplomática se encargaba de determinar la falsedad o autenticidad de un documento teniendo en cuente “ex caducitate”, “ex iactura” y “ex dolo malo”, es decir la caducidad, la época, la fecha; la ejecución del documento, los caracteres diplomáticos internos y externos; y la intencionalidad veraz o dolosa, legal o delictiva.

 

No en vano ya las Partidas hacían esta advertencia para rodearse de especialistas que debían ser “omes sabidores e catar e escodriñar la letra, e la figura de ella, e la forma e el signo del escribano, omes buenos e conoscedores de letra que juren primero que digan verdat e dixeren que aquella desmejanza es por razón de la tinta o del pergamino, mas que la materia de la letra es una”.

Cassie Chadwick, cuyo primer nombre fue Elisabeth “Betty” Bigley, fue una de las grandes estafadoras del siglo XIX. Nacida en una granja, con problemas de dicción, sorda de un oído y sin ningún rasgo destacable aparente consiguió estafar a banqueros, magnates e incluso a su propia hermana con trucos en apariencia tan simples que sonrojarían a cualquiera. La respuesta está quizá en sus ojos y su mirada intensa, para algunos hipnótica, y una época, el siglo XIX, en la que nadie se atrevía a ‘manchar’ el nombre de alguien como Carnegie (El rey del acero).

Bigley nació en octubre de 1857 en Ontario, en Canadá, siendo la quinta hija de ocho hermanos. Introvertida, soñadora y mentirosa desde pequeña, a veces en estado de trance, como explicaría una de sus hermanas, comenzó pronto sus fechorías, a la tierna edad de 13 años. Falsificó una carta con una presunta herencia de un tío en Inglaterra y logró abrir una cuenta bancaria con ella. Enseguida comenzó a utilizar cheques sin fondos, pero pronto fue arrestada. Los tribunales determinaron que tenía problemas mentales y la mandaron de vuelta a casa con su padre.

En 1879 repitió su fraude, pero esta vez un poco más sofisticado. Falsificó una nueva notificación de herencia, y simuló las tarjetas de la élite social de aquel entonces a modo de presentación. Con estas tarjetas, se dirigía a un comercio, escogía un artículo caro y pagaba con un cheque que excedía el valor del artículo. Los comerciantes no dudaban en darle en metálico la diferencia, y colaba siempre: nadie dudaba de una heredera de una importante suma. Una lección que posteriormente llevaría hasta el paroxismo.

Estafó a su propia hermana

Poco después se trasladó a Cleveland, en EEUU, a vivir con una de sus hermanas, recién casada. Y ella y su marido fueron pronto víctimas de Betty: tras tasar todo lo que había en la casa, desde cuadros hasta sillas, se fue al banco a pedir un crédito poniendo como garantía el valor de los objetos de la casa de su hermana. En cuanto el marido se dio cuenta, la echó de casa, y se trasladó a otro barrio de la misma ciudad.

En 1883 se casó con un médico, pero el enlace apenas duró 12 días. Después de que un periódico local se hiciera eco de la unión, una cola de comerciantes se agolpó en la casa del médico exigiendo el dinero que les había estafado Betty, incluida su propia hermana y su cuñado. El marido pagó las deudas de su esposa para no verse afectado, pero no dudó en separarse.

Llegado a este punto, Betty tuvo que reinventarse y se cambió el nombre a Marie Rosa. Pero las estafas continuaron: en un viaje por el vecino estado de Pensilvania, fingió ser nieta de un veterano de la Guerra Civil y pretendió sufrir hemorragias para obtener dinero para su traslado de vuelta a Cleveland. Cuando le exigían el dinero, los estafados recibían cartas lamentando el fallecimiento.

Reinvención como vidente

Pero bajo el nombre de Marie Rosa probó una nueva forma de engaño. Se hizo pasar por vidente e incluso logró casarse con dos de sus clientes, primero un granjero al que abandonó y después con un rico hombre de negocios con el que tuvo un hijo al que mandó con su familia a Canadá. Su tercer marido murió en 1888, dejando una herencia de 50.000 dólares de la época a la ahora Marie Rosa.

Pero la primera herencia real que recibió no fue suficiente. Se trasladó a la ciudad de Toledo, también en el estado de Ohio, se volvió a cambiar el nombre a Lydia Devere y volvió al ‘noble’ negocio de la videncia. Pronto consiguió convertirse en asesora financiera de uno de sus clientes, al que lió en su siguiente estafa, una con similitudes a las anteriores pero, de nuevo, con un toque innovador.

Lydia preparó un pagaré de un importante hombre de Cleveland por valor de varios miles de dólares, falsificó su firma, y pidió a su cliente que lo ingresara en su banco en Toledo. Si no lo hacía, tendría que cruzar todo el estado de Ohio para conseguir el dinero, fue su ‘convincente’ argumento. Su cliente, que era un hombre distinguido de Toledo, aceptó, en el banco no hubo problemas, e incluso consiguió más dinero para ella. Los bancos ataron cabos y ambos fueron arrestados, pero su cliente fue declarado como víctima y ella condenada a nueve años y medio de prisión.

Pero tras solo tres años y medio a la sombra, consiguió salir de prisión tras una campaña dirigida al gobernador en la que aseguraba que no reincidiría y proclamaba su arrepentimiento por sus delitos.

Tras estas andanzas, Betty volvió a Cleveland con un nombre nuevo, Cassie L. Hoover, y puso en marcha un burdel. En 1897 conoció y se casó con un importante médico viudo, Leroy Chadwick, miembro de una de las familias más antiguas de la ciudad. Se trasladó a su palacio y pronto comenzó a gastar dinero sin freno bajo su nuevo nombre, Cassie L. Chadwick, el que le haría célebre. Celebró grandes fiestas para agasajar a la élite de la ciudad y cuando su marido protestó, comenzó a pedir préstamos a cargo de su futura herencia.

 

Carnegie y una estafa sofisticada

La revista Smithsonian detallaba en 2012 cómo comenzó su gran fraude: se hizo pasar por la hija ilegítima del magnate del acero y uno de los grandes hombres de negocios del siglo XIX: Andrew Carnegie. Aquí la sofisticación de la estafadora alcanza su cénit. En la primavera de 1902 cogió un tren a Nueva York y allí se fue a uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Allí se encontró con James Dillon, un importante abogado y amigo de su marido, y celebrando la coincidencia, le pidió si le podía llevar a casa de su padre.

Para asombro de Dillon, poco después estaban en la puerta de la mansión de Carnegie, y Chadwick le pidió que por favor le esperara en el carruaje. La estafadora habló con una de las doncellas, pidiendo referencias de una antigua empleada inexistente, y tras alrededor de media hora, volvió con el asombrado amigo de su marido. Con ella llevaba un sobre, y al subir al carruaje, dejó caer un pagaré con una cifra muy alta, que según donde sea lea, oscilaba entre los 25.000 dólares y los 2 millones de dólares.

El amigo de su marido preguntó por quién era su padre, y ella le confesó que sí, que era Carnegie, que era su hija ilegítima y que había aceptado pagar para evitar que el escándalo saltara a los periódicos. Le pidió que guardara el secreto, sabiendo perfectamente que una historia tan fantástica como esa pronto sería pública. Chadwick confiaba en que nadie se atrevería a preguntar al interesado por una hija ilegítima. Y se convirtió en la “Reina de Cleveland”, como la llamaron los rotativos locales.

La ruina de la banca

Pero su desaforado gasto comenzó a pasarle factura. Empezó a pedir dinero prestado a múltiples bancos, muchas veces pagando los créditos de una entidad con el dinero de la otra, tomando como base de operaciones el Wade Park Bank, donde ingresó los pagarés falsos de Carnegie. Consiguió que hasta presidentes de bancos le dieran dinero de su propio bolsillo. Pidió préstamos personales e incluso sacó dinero a un magnate del acero, conocido del propio Carnegie. Prometía intereses desorbitados, superando lo que cualquiera consideraría usura, confiando en que ningún banquero admitiría cobrar esos intereses. Y le funcionó un tiempo.

Pero sus correrías llegaron a su fin cuando uno de estos incautos no lo fue. Herbert Newton, un banquero de inversión de Boston, Herbert Newton. En noviembre de 194, Newton se dio cuenta de que no le iba a pagar, y la demandó ante una corte federal en Cleveland, exigiendo asimismo al Wade Park Bank que retuviera los pagarés de su presunto padre.

Cassie Chadwick fue detenida y negó todos los cargos, y para asombro de todos, negó cualquier conexión con Carnegie. En 1905, fue declarada culpable y sentenciada a 10 años en prisión en un juicio al que asistió el propio Carnegie, quien mostró su asombro al ver que los pagarés tenían errores ortográficos y recordó que en 30 años no había firmado ni un solo pagaré. Como recordaba la revista Smithsonian, todo el escándalo se hubiera acabado simplemente si alguien hubiera preguntado al magnate o contratando a un perito calígrafo judicial, y por el camino quebró su banco y muchas entidades sufrieron grandes pérdidas al ver que los ‘activos’ a su nombre no valían nada. Dos años después, Chadwick falleció entre rejas.

Sin cualidades aparentes, Chadwick sí que demostró una inteligencia y una capacidad de persuasión poco comunes. Entendió las debilidades del ser humano, comprendió su época y se ganó la confianza de todo el mundo de una manera que recuerda al gran estafador del siglo XXI, Bernard Madoff. Hoy todavía no se puede calcular cuánto consiguió estafar, ya que la mayoría de sus víctimas, ricas y orgullosas, nunca reconoció sus pérdidas.

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